Desmantelar la Zona Desmilitarizada

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Desmantelar la Zona Desmilitarizada

En el 50º aniversario del inicio de la Guerra de Corea

25 de junio de 2020

Emanuel Pastreich

Candidato a la Presidencia de Estados Unidos

Independiente

Hace precisamente 50 años, el Ejército Popular de Corea cruzó desde allá para invadir o (como lo pensaban los del Norte) para liberar a la parte sur de Corea. La división entre Norte y Sur es totalmente artificial, el producto de la lucha geopolítica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que se generó al desvanecerse tras bambalinas el consenso en cuanto a la necesidad de un nuevo enfoque internacional en el combate al fascismo. Estados Unidos y la Unión Soviética fueron aliados en contra de los fascistas inclementes, que pretendieron destruir vastas porciones de la humanidad en búsqueda de lucro, y en contra de los programas eugenésicos que asumían que buena parte de la humanidad carecía totalmente de derechos, incluyendo el derecho a la existencia.

Aunque el conflicto no comenzó con la invasión del Sur, si fue transformado por ella. Comprender el significado histórico y cultural de lo ocurrido hace 50 años es fundamental para el futuro de Estados Unidos y, sobre todo, para la continuidad de la función que Estados Unidos desempeña en el Lejano Oriente.

Como estadunidense entrenado como experto en asuntos asiáticos, a lo largo de mi carrera he pretendido comprender al Asia, haciendo contribuciones concretas para su futuro. Así pues, me resulta fundamental la pregunta acerca del papel desempeñado por Estados Unidos. Si bien queda claro que hay muchos ejemplos de ciudadanos e instituciones americanas que han hecho contribuciones positivas para el pueblo de Corea, dichos esfuerzos se entremezclan con actividades mucho menos beneficiosas.

Mientras Estados Unidos vuelve al aislacionismo, desde los medios comerciales estalla una retórica racista en contra de los asiáticos. El compromiso de EU con Corea se condiciona a la venta de armamento, mientras que se exagera la amenaza de China y Corea del Norte. En estas circunstancias, es que todo lo valioso que hizo Estados Unidos quede sepultado debajo de una ola de sentimiento antiamericano, el cual no estaría totalmente injustificado. Ya podemos ver que la ola se acerca.

No obstante, no se puede responder abrazando la bandera de EU y defendiendo lo indefensible. Si los americanos hacemos eso, ya no tendremos ningún papel positivo en el Lejano Oriente y mucho me temo que entonces tampoco tendremos un papel en el mundo. Nuestra única opción es condenar los destructivos esfuerzos racistas que pretender culpar a la cultura de EU por la decadencia y corrupción del Lejano Oriente, para así avanzar en una nueva visión del papel de Estados Unidos en Asia y el Mundo, la cual se separe por completo del hábito destructivo de promover el conflicto, la competencia, la contención y el consumo. Podemos y debemos abrazar una visión del futuro basada en la cooperación, la coexistencia, la ciencia climática y los intercambios culturales.

Volvamos atrás al 25 de junio de 1950, cuando el Ejército Popular de Corea irrumpió a través de Kaesong para llegar a Seúl, pasando por Chuncheon, Hongcheon y por Gangneung en dirección a Pohang. Fue un cambio tremendo en la naturaleza de nuestra sociedad. Muchas familias se separaron para no verse más y millones de personas murieron en una guerra que produjo uno de los mayores porcentajes de bajas civiles en la historia. Nada volvería a ser normal. En un momento como éste, mientras aguardamos con ansiedad el regreso a la “normalidad”, a un ambiente en el cual podamos trabajar como antes y viajar como antes, no podemos sino pensar en la terrible transformación sufrida por Corea hace 70 años.

Sin embargo, el conflicto no comenzó con la invasión. En el sur, en Jeju, el 3 de abril de 1948 ocurrió un levantamiento en contra del gobierno de Rhee Syngman que dejó decenas de miles de muertos. Se trataba, en efecto, de una guerra. Asimismo, antes de 1950 en Pyongyang hubo conflictos entre cristianos y socialistas que fueron igualmente trágicos y catastróficos. El conflicto fue la continuación de la batalla en contra del colonialismo y el imperialismo. A lo largo de muchas décadas, dicha batalla había estado sucediendo bajo la superficie de Corea, China, Vietnam e incluso Japón.

La naturaleza de la lucha política y cultural de Asia ya había cambiado antes del 25 de junio. El colapso de la economía china en 1948 y el colapso del Guomindang (Partido Republicano) de China alteró el paisaje político. Cuando Mao Zedong instituyó la República Popular de China el 3 de octubre de 1949, Estados Unidos se vio empujado por facciones domésticas para distanciarse de la alianza antifascista con la Unión Soviética y de los esfuerzos por evitar una confrontación con el Partido Comunista Chino. Los grupos empresariales de EU hicieron campaña para alinearse con el Imperio británico, pues así EU podía aprovechar las oportunidades de poder y de ventajas económicas que podían surgir si se aceptaba el manto de un sistema global en decadencia con base en Londres. La batalla contra el fascismo, contra la eugenesia y el racismo quedó sepultada bajo la campaña cínica que tenía como lema “¿Quién perdió China?” Dicha campaña fue diseñada para soslayar toda complejidad en cuanto a la situación política y económica, de manera que Estados Unidos se convirtieran en el bastión de la campaña mundial en contra del comunismo. Fue una decisión trágica que se tomó en Washington D.C.

La ONU no fue capaz de cumplir con la sagrada misión de una organización internacional que promueve el internacionalismo, con lo cual se abrieron las puertas para introducir una traidora forma de globalismo, que condujo a EU en una dirección peligrosa. Esto no es todo. También se desvaneció el sueño de establecer una Corea abierta en lo cultural y en lo político, una Corea unida libre de las cadenas del colonialismo, el sueño del gobierno provisional de Shanghái, encabezado por Kim Gu, y por otros grupos coreanos por todo el continente asiático. En EU, la voz de la razón y la cooperación fue silenciada por medio de una campaña que suprimía todo discurso político “de izquierda”.

En 1950, el Senado de EU creó un subcomité de seguridad interna, que pretendía destruir a los americanos inteligentes que buscaban cooperar con el Partido Comunista Chino en la búsqueda de la paz. Sumamente llamativo fue el ataque en contra de Owen Lattimore, sinólogo erudito que buscaba difundir sus investigaciones sobre la verdad. Aquella campaña hizo la cooperación imposible, alterando de forma permanente el papel de Estados Unidos en Corea y en el Lejano Oriente. La batalla en contra del fascismo, el colonialismo y el racismo, aunque contaba con el apoyo de muchos estadunidenses inteligentes, quedó sepultada.

¿Dónde nos encontramos ahora, 70 años después? Estados Unidos mantiene numerosas tropas en Corea y la Península de Corea todavía se encuentra dividida. La clase política de Washington D.C: y Seúl asume que de alguna manera los Estados Unidos siempre tendrán tropas en Corea del Sur. No hay ninguna visión sobre cuándo volverán las tropas estadunidenses a casa, ni sobre cómo los coreanos volverán a estar unidos.

Sin embargo, en la Constitución americana no hay nada que diga que Estados Unidos puede estacionar tropas en el extranjero durante 70 años. Cuando el presidente Donald Trump afirma que las tropas estadunidenses serán retiradas a menos de la República de Corea se raye con una cantidad exorbitante de dinero, está representando cínicos intereses financieros que pretenden exprimir a los coreanos. No obstante, también apela a una profunda verdad: Estados Unidos no tiene por qué tener tropas en Corea para siempre y para que exista una alianza militar también debe existir una guerra y dicha alianza no puede ser la fuerza motriz detrás de la relación entre dos países. La verdadera meta de nuestra relación debería ser la cooperación en educación, ciencia, cultura, así como la cooperación en la comprensión de las verdaderas amenazas de nuestro tiempo.

Como candidato independiente a la Presidencia de Estados Unidos, a partir de este día, el 70 aniversario del estallido de la Guerra de Corea, quiero presentar una nueva visión para la relación entre Estados Unidos y Corea.

Promoveremos la cooperación entre coreanos y americanos, para así responder a los verdaderos retos de seguridad del siglo XXI. El desarrollo de armas nucleares por parte de la República Democrática Popular de Corea no está ni siquiera cerca de las prioridades de la lista, pues la cuestión del armamento nuclear en la Península de Corea no se podrá resolver mientras Estados Unidos no se comprometa plenamente con los tratados de no proliferación y diseñe un plan para deshacerse de las peligrosas armas nucleares que todavía tiene en este país.

La cooperación entra americanos y coreanos no se limitará a los sudcoreanos. Los americanos deben trabajar con todos aquellos coreanos que sean inteligentes, valientes y pacíficos, se encuentren en Corea del Sur, Corea del Norte, China, Japón, Rusia o Estados Unidos, con el fin de perseguir un sueño inspirados que pueda ser construido en la península.

La seguridad será parte fundamental de dicho proyecto. No obstante, debemos redefinir lo que es seguridad. La seguridad debe ser una respuesta a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Esa respuesta se debe parecer a la batalla en contra del fascismo de las décadas de los 1930 y 1940, y no a la trágica división de la Península de Corea en los 1950. Esa trágica división debe terminar y debe terminar en este mismo momento. ¡Se debe terminar el día de hoy!

¿Quiénes son los cuatro jinetes del Apocalipsis? En este preciso momento, el término “apocalipsis” ya no es mera hipérbole. El Apocalipsis dejó de ser cosa de fanáticos religiosos. “¡Aleluya!” “¡Creo!”

El primer jinete del Apocalipsis es el colapso del clima, la muerte de los océanos, la expansión de los desiertos y la horrenda destrucción de la biodiversidad, las consecuencias de una insensata búsqueda de consumo y crecimiento económico.

El segundo jinete del Apocalipsis es la radical concentración de la riqueza en manos de unos cuantos multimillonarios conjurados para alcanzar el completo control de las finanzas y el dinero, valiéndose de sus redes de computadoras para crear una economía sin humanos para su lucro y diversión.

El tercer jinete del Apocalipsis es la rápida evolución de la tecnología, que convierte a los humanos en bestias pasivas sin capacidad para actuar, incapaces de cualquier forma de acción política. En un cínico esfuerzo por incrementar sus ganancias a la vez que embrutecen a los ciudadanos con una cultura de consumo, los promotores de la inteligencia artificial y la automatización impulsan esta transformación.

El cuarto jinete del Apocalipsis es la militarización extrema de la economía, a menudo fuera de la vista de los ciudadanos, que ha desatado por todo el mundo una ilimitada carrera armamentista en los mares, en la tierra e incluso en el espacio, la cual podría significar el fin de la humanidad.

Estos horribles desarrollos deben estar en el centro del esfuerzo internacional por crear un futuro sostenible para nuestros hijos, y debe también estar en el centro de la cooperación entre Estados Unidos y Corea. Para decirlo con mayor agudeza, si la cooperación con Corea no se relaciona directamente con una respuesta concreta e inmediata a los cuatro jinetes del Apocalipsis, entonces esa cooperación debe cesar. No tenemos los fondos, los recursos humanos ni el tiempo para perseguir proyectos que no tengan relación con el imperativo fundamental de salvar a la humanidad.

Por último, la unificación de la Península de Corea nos brinda una oportunidad tremenda como no la habido en 500 años, la oportunidad para que los coreanos puedan construir los cimientos de un país que no solamente inspire a sus ciudadanos, sino que represente una esperanza para todos los ciudadanos de la Tierra.

Los coreanos pueden crear nuevas instituciones a una escala masiva, algo que no se puede hacer en otros países precisamente porque Corea se encuentra en medio de descomunales transformaciones. Corea puede acabar con el uso de combustibles fósiles, crear finanzas que estén centradas en los ciudadanos, y no en la banca de inversión internacional, y bregar en pos de un internacionalismo honesto y valiente, que nos una en la verdadera cooperación.

La vida frugal y modesta de los norcoreanos no es algo que deba ser sustituido rápidamente con el consumismo desaforado y el desarrollo irreflexivo. Corea del Norte se encuentra en una posición única para llegar a convertirse en un país 100% libre de combustibles fósiles. Corea del Norte puede asumir la valiente postura de que los minerales y el carbón debajo de sus bosques y campos debe quedarse en donde está, sin ser tocados por las empresas multinacionales, porque para su pueblo y para el ecosistema son infinitamente más valiosos que el dinero.

En Corea, las tradiciones de sustentabilidad, humanismo y filosofía moral datan de muy atrás en el tiempo. He tenido ocasión de aprender conceptos coreanos como “hongik” (el derrame de los beneficios a todos los miembros de la sociedad) o “seonbi” (el compromiso intelectual con la justicia social). Estas ideas pueden unir a los coreanos y devolver la unidad a Corea. Cosa semejante no harán la banca de inversión ni los fondos soberanos.

Estados Unidos o, para decirlo con mayor precisión, aquellos que en Estados Unidos están profundamente comprometidos con la paz, la libertad y la lucha en contra del totalitarismo y la destrucción del ecosistema, deben unir fuerzas con movimientos semejantes de todo el mundo, como lo hicimos en los 1930 y 1940. Aunque será una lucha, estará llena de inspiración por estar basada en la búsqueda de la verdad y en un enfoque científico sobre las políticas, por lo cual podrá devolvernos lo mejor de la tradición americana del internacionalismo, la cual quedó sepultada después de aquellos tiempos.

Esto significa derribar la Zona Desmilitarizada. Esto significa el llamado a todos aquellos que tienen la voluntad de afrontar las verdaderas amenazas en contra de la seguridad, y significa también crear un nuevo futuro para Corea, para el noreste de Asia y para el mundo.

No puedo apoyar la retórica de Donald Trump, en especial su mensaje racista de “hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”. No obstante, puedo afirmar que, con la ayuda de todos los ciudadanos de Corea, del noreste de Asia y de nuestro precioso planeta, podemos trabajar juntos para contar de nuevo con una esperanza para los desalentados y los oprimidos. Me parece que, en el proceso, podemos dar los primeros pasos para lograr que Estados Unidos sea un país grande por primera vez.

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