Acabar con los combustibles fósiles, una típica institución americana

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“Acabar con los combustibles fósiles, una típica institución americana”

22 de junio de 2020

Emanuel Pastreich

Candidato a la Presidencia de Estados Unidos

Independiente

Hace poco, en Washington se dejó de hablar por completo de un “Nuevo Trato Verde”. Los demócratas, los republicanos y el gobierno de Trump se postran ante el ídolo terrible del COVID19. Mientras los polos se derriten y los desiertos se extienden, la frase “cambio climático” desaparece de los discursos. El entusiasmo que Alexandria Ocasio-Cortez inspiró en algunos desaparece como si fuera un glaciar.

Sin embargo, incluso en su mejor momento el “Nuevo Trato Verde” estaba demasiado inflado y, lamentablemente, no basta para la tarea que enfrentamos. Por supuesto, es cierto que los medios subrayaron la corrupción de las grandes empresas petroleras para un público de clase media alta. Sin embargo, ello no empieza siquiera a hacer mella en el sistema económico tan torcido en el cual vivimos, que nos obliga a usar plástico, gasolina o carbón en cada momento de nuestras vidas, mientras se nos proporcionan cuentos y predicciones sobre osos polares, sin que tengamos opciones para actuar de otra manera que no sea esperando la siguiente elección o cargando un vaso a dondequiera que vamos.

Hay cosas que van tan mal que ya no es posible ignorarlas. Es como haberse intoxicado después de haber comido algo en mal estado. Puedes tratar de soslayar el dolor de estómago, pero a final de cuentas tendrás que vomitar, si quieres que salga de tu cuerpo. Debemos enfrentar la verdad. Es preciso reconocer que, a pesar del impresionante montaje fotográfico del “Nuevo Trato Verde”, su contenido no pretendía acabar de una vez por todas con el uso de combustibles fósiles, o tan siquiera dar a los ciudadanos los medios para movilizar a sus comunidades en dirección a la generación de energías renovables.

Sin embargo, la respuesta política es otra allá afuera. En Estados Unidos, hemos visto que se organizan inmensas protestas en contra del cambio climático. Estas protestas exigen una postura política honesta en cuanto al cambio climático, postura que enfrente la cuestión cara a cara, asumiendo que, a menos de que la política se fundamente en la acción y en la búsqueda de la verdad, entonces no será política.

Debemos concentrarnos en la catástrofe climática, la gran crisis de nuestro tiempo, y hacer de la extinción humana el tema central de nuestra campaña global. El siguiente paso no consiste en adular políticos ni en lamer las botas de directores de empresa y cabilderos. Este movimiento político no se debe preocupar por herir los sentimientos de la gente y no debe modular su tono para satisfacer los requerimientos de la cobertura en los medios de comunicación. Nuestra prioridad tiene que ser el cierre inmediato de la economía basada en el carbono, incluso si hay que detener las principales ciudades del mundo en el proceso.

La rebelión contra la extinción exige que las emisiones de carbono se reduzcan a cero en los próximos seis años, por medio de una reconstrucción total de la economía global y por medio de la creación de una nueva cultura, en la cual el consumo se reduzca drásticamente y se vuelvan a definir los valores económicos y sociales más fundamentales. Es exacto el describir esas exigencias políticas como algo revolucionario.

Algunos podrán desechar mis palabras por extremistas. No obstante, soy el único candidato que dice la verdad, el único candidato a quien interesan las pruebas científicas. Es preciso que superemos el fracaso total en responder al cambio climático a partir de los Protocolos de Kioto y la cobardía de políticos e intelectuales, pues esa patética institución que conocemos como los medios se rehúsa a contar la triste verdad acerca de la catástrofe inminente. Hay que acabar con toda esta cultura, empapada en petróleo desde que empezó la economía de consumo en los 1950.

Todos tenemos la culpa. Cada vez que revisamos el correo electrónico o tomamos una ducha caliente, cada vez que manejamos al súper o volamos para visitar a nuestra familia, clavamos un clavo más en el ataúd de la humanidad, en los ataúdes de nuestros hijos y nietos, por no mencionar los innumerables ataúdes anónimos de las otras especies.

La institución peculiar

Estamos luchando para aceptar la necesidad de acciones radicales, en vez del enfoque “progresivo” con que los medios “progresistas” como “Common Dreams” o “Truthout” pretenden lavarnos el cerebro, cosa que también quieren hacer intelectuales deshonestos como Robert Reich y otros hombres que se niegan a reconocer la magnitud de esta crisis y sus terribles implicaciones para la humanidad.

Luchamos por reconocer que los Acuerdos de París, que los progresistas suelen aplaudir como un logro del cual Trump tontamente se distanció, nunca pretendieron dar solución a la crisis inminente, sino más bien fueron una conjura para guardar las apariencias de los políticos.

La supervivencia exige que reduzcamos los combustibles fósiles a cero a partir de mañana, no que poco a poco incrementemos las energías renovables a 40% para 2030. En este momento del juego, es un suicidio hacer donaciones a las causas progresistas mientras esperamos a las próximas elecciones. No hay de otra sino acabar con la cultura del consumo, desechando el supuesto de que la producción, el consumo y el crecimiento son necesidades y admitiendo que cada aspecto de nuestro consumo tiene un impacto directo sobre el planeta.

Es igualmente importante que nos aseguremos de que no se engañe a la juventud, para que acepte peligrosas medidas a medias y malas políticas, promovidas por los bancos y empresas que se benefician de la economía de los combustibles fósiles. Me refiero al comercio de carbono, los coches híbridos, la geoingeniería y la energía nuclear de nueva generación.

La respuesta de los ciudadanos ante la falta de acciones contra el cambio climático de las instituciones de Estados Unidos (gobiernos locales, gobierno central, empresas, ONG y organizaciones educativas) debe ser inmediata y masiva. Dolorosamente, hay que reconocer que los vigías con que contábamos se han transformado en lacayos que buscan financiamiento abundante de las empresas, y que son incapaces de combatir a los poderes del combustible fósil, sin importar cuán verde sea su retórica. Debemos tomar las riendas del gobierno.

350.ORG es una importante ONG que proporciona valiosa información acerca del debate de políticas contra el cambio climático. El año pasado, esta organización envió un mensaje a sus miembros, diciendo lo siguiente: “El viernes, Elizabeth Warren, candidata a la presidencia, anunció un fuerte compromiso con el clima; en el Día Uno, firmaría una orden ejecutiva para detener la extracción de combustibles fósiles de suelos públicos.”

Aunque 350.ORG aplaudió las palabras de Warren como un “paso increíble”, desde el punto de vista de una especie que enfrenta la extinción, su mensaje suena desesperadamente débil, sin importar que Warren vaya a la cabeza de otros candidatos a la presidencia. ¿Detener perforaciones en tierras públicas? El paso es tan obvio que deberíamos exigir que un candidato que no apoye políticas como ésa salga de la carrera inmediatamente. Una exigencia real sería el alto permanente de todas las perforaciones en busca de petróleo de Estados Unidos y el mundo. Una exigencia más sustantiva y convincente sería ilegalizar el uso del petróleo para el año que viene.

El Protocolo de Montreal de 1987 sienta un valioso precedente (nacional e internacional) para acciones de ese tipo, pues prohibió en todo el mundo el uso de los clorofluorocarbonos que estaban destruyendo la capa de ozono. Es necesario un “Protocolo de Londres” que prohíba el uso del petróleo, el carbón y el gas natural, debido al daño ambiental que causan su producción y consumo. Dicho acuerdo internacional, acompañado de prohibiciones a nivel nacional, tiene todo el sentido posible, pues sería el primer paso a nivel global para conseguir a la fuerza el fin inmediato de su uso para la generación energía.

Según la mitología política que utilizan Elizabeth Warren y Bernie Sanders, nos enfrentamos con conservadores de valores diferentes, gente codiciosa de limitados alcances a quienes es preciso sobreponerse poco a poco, por medio del proceso político.

La realidad es que no enfrentamos “conservadores” sino una enorme organización criminal que se ha apoderado de nuestra economía y de nuestra cultura y que, por medio de prácticas ilegales e inmorales, pretende destruir las pocas instituciones que quedan para regular sus acciones.

La analogía más adecuada para la manera en que los intereses creados nos han hecho adictos a los combustibles fósiles, con el deseo de que nunca dejemos la adicción, se encuentra en el uso moralmente corrompido de la esclavitud que, en siglo XX, sirvió como motor de la economía americana.

Con la esclavitud, se explotaba sin límite a trabajadores sin salario, para impulsar la economía e incrementar las ganancias de los agricultores sureños y los bancos que, en el Norte, los financiaban. En cierto sentido, la esclavitud proporcionaba energía barata a la agricultura y las manufacturas, pagando por ello un precio terrible, mas oculto a la vista.

La calidad humana de los afroamericanos que trabajaban como “esclavos” fue negada por un sistema legal falso, reforzado por una ciencia fraudulenta que “demostraba” la inferioridad racial. En realidad, la esclavitud denigró a la política y a la cultura de EU, creando una sociedad en que el crimen fue colocado en un pedestal y adorado como si fuera una cultura especial. No obstante, las aristocráticas familias del sur se hicieron para atrás, para no ver esta realidad.

El término acuñado para describir este horrible sistema fue “institución peculiar”, expresión que sugiere que el Sur tenía hábitos distintivos que lo colocaban en lugar aparte. Sin embargo, “institución peculiar” no es sino una forma deshonesta de referirse a un sistema criminal de explotación que no podría apoyar ninguna sociedad saludable.

La respuesta de los progresistas (los abolicionistas) de 1850 fue luchar con uñas y dientes para que la esclavitud no se extendiera a los estados que se acababan de incorporar, tratando por medio de reformas de reducir la crueldad en contra de los esclavos del Sur y otorgándoles la libertad si conseguían escapar a los estados libres. Sin embargo, el supuesto básico entre los “abolicionistas” reformadores era que la esclavitud, siendo una mala política, debía ser reformada lentamente.

De manera semejante, en la actualidad el debate político en EU trata sobre cómo incrementar el uso de energía solar y eólica, sobre cómo hacer que la energía renovable sea financieramente atractiva para las empresas y sobre cómo terminar con las políticas extremistas del gobierno de Trump, que subsidia el carbón al tiempo que cobra impuestos a las energías renovables.

Este argumento político solamente tiene sentido se cierran los ojos ante el hecho de que las empresas de combustibles fósiles participan en un masivo esfuerzo criminal para obligarnos a usar combustibles fósiles, fuente de energía que no solamente produce enormes ganancias, sino que condena a muerte a buena parte de la humanidad. En otras palabras, para que el argumento tenga sentido, hay que engañarse a uno mismo.

Es preciso tomar control sobre el sistema económico y deshacernos de los intermediarios, una clase educada que se gana la vida escribiendo artículos que exponen respuestas progresivas de largo plazo, cabilderos y legisladores con tibias propuestas que resultan atractivas para el lucro empresarial, pues sugieren que la energía eólica puede “competir” con el carbón, al tiempo que hacen menos la amenaza de colapso que describen los informes de la ONU, para así asegurarse de que sus institutos de investigación sigan recibiendo fondos de empresas y bancos con intereses en los combustibles fósiles.

Nuestro momento John Brown

Si en algún momento de la lucha en contra de la esclavitud buscamos un paralelo para el actual esfuerzo global para iniciar una movilización masiva en contra de los combustibles fósiles, el ejemplo más a propósito es la decisión de John Brown y sus seguidores de rebelarse en contra de la esclavitud. John Brown y sus seguidores declararon que la esclavitud era ilegítima, sin importar que el gobierno promoviera esa práctica inmoral. También debemos ir más allá de los argumentos “progresivos” a favor de eliminar los combustibles fósiles a la luz de la amenaza de extinción humana.

Casi todos tomaron a John Brown por el líder de una revolución y, un siglo más tarde, los sureños seguían calumniándolo, llamándolo rebelde y lunático. Sin embargo, basto con leer los escritos de John Brown para darse cuenta de que sus acciones estaban completamente apoyadas sobre la lógica y sustentadas sobre la reflexión moral. En octubre de 1859, cuando Brown lanzó el ataque en contra del arsenal federal de Harpers Ferry, Virginia, la intención era acabar con la institución de la esclavitud estableciendo un nuevo gobierno que dejara atrás un sistema económico corrompido por completo. Pronto las fuerzas de Brown fueron aniquiladas. Fue juzgado, se le encontró culpable de alta traición (la primera sentencia de esa clase en la historia de Estados Unidos) y se le condenó a la horca.

Quienes obtenían sus riquezas de la esclavitud (el Partido Demócrata) condenó las acciones de Brown como un vil ataque en contra de su forma de vida. La mayoría de los progresistas del Norte (el Partido Republicano) se distanciaron del incidente, declarando que no interferirían en los asuntos de los estados esclavistas.

Vamos a dar un vistazo a la “Constitución y ordenanzas provisionales” que Brown redactó.

“La esclavitud, a todo lo largo de su existencia en Estados Unidos, no es otra cosa sino una guerra bárbara, injustificada e injustificable de una parte de los ciudadanos en contra de la otra, cuyas circunstancias siempre son el encarcelamiento perpetuo y la servidumbre sin remisión o bien el exterminio absoluto, en total rebeldía y violación de la verdades eternas y evidentes asentadas en nuestra Declaración de Independencia. Por tanto, nosotros, ciudadanos de los Estados Unidos, y el pueblo oprimido que, a consecuencia de una reciente decisión de la Suprema Corte, se les ha declarado sin derechos que el hombre blanco deba respetar, así como toda la gente sobajada por las leyes de los blancos, de manera provisional, establecemos y nos sujetamos a la siguiente Constitución provisional con sus respectivas ordenanzas, para así proteger nuestra personas, propiedades, vidas y libertades, así como para regular nuestras acciones.”

Vamos a revisar el texto, de manera que describa la crisis actual y nuestra adicción al carbón y el petróleo: “Obligarnos a usar combustibles fósiles no es otra cosa sino una guerra bárbara, injustificada e injustificable de una pequeña parte de los ciudadanos en contra de la vasta mayoría, creando circunstancias de encarcelamiento perpetuo en un sistema catastrófico que hará de la Tierra un lugar inhabitable, conduciéndonos a la extinción, en total rebeldía y violación de la verdades eternas y evidentes asentadas en nuestra Declaración de Independencia..

Por tanto, nosotros, ciudadanos de los Estados Unidos, como pueblo oprimido que ha sido declarado por la Suprema Corte como carente de derechos para resistir por medio de las leyes a la industria de los combustibles fósiles y sus cómplices, de manera provisional establecemos y nos sujetamos a la siguiente Constitución provisional con sus respectivas ordenanzas, para así proteger nuestra personas, propiedades, vidas y libertades, así como para regular nuestras acciones.” Debemos trastocar al crimen institucionalizado.

John Brown cambió las reglas del juego al referirse a la esclavitud no como a una “institución peculiar” sino como a un acto criminal, una “guerra” en contra de la población. Es preciso que tomemos el control sobre el discurso en materia de energéticos, para que seamos nosotros quienes dictemos los términos del discurso. Las emisiones de carbono no son una ligera incomodidad que se puede negociar, sino una amenaza directa contra nuestra supervivencia.

Más que responder con prontitud a la última de las atrocidades cometidas por los intereses de los combustibles fósiles, debemos hacernos presentes de manera activa ante la mayoría de la gente, una nueva cultura y una nueva economía totalmente nuevas, que se deben implementar por completo de forma inmediata. No podemos apoyar intentos parciales para lograr cambios parciales que dependen de aquellos que están involucrados en el actual sistema económico, ni podemos contar con el respaldo de los políticos demócratas, pues tienen un largo historial de colaboración con los intereses de los combustibles fósiles.

En el Congreso de EU, hay numerosos políticos “conservadores” que, en sus declaraciones ante los comités, aminoran la amenaza del cambio climático, afirmando incluso que el cambio climático es un fraude. Estos políticos tienen financiamiento de la industria de los combustibles fósiles y con frecuencia llaman expertos cultivados por los conglomerados de los combustibles fósiles. Entre tales expertos llamados para brindar supuestas pruebas de los combustibles fósiles son seguros está Koch Industries. Sus investigaciones son fraudulentas y sus afirmaciones huyen ante las evidencias científicas.

En la actualidad, la respuesta de los políticos progresistas a estas acciones es lamentar la ignorancia, el egoísmo y la miopía de los políticos “conservadores”; así como lamentarse de los expertos “tontos” y sus “estúpidos” seguidores. Esta actitud es semejante a la de los republicanos que, en 1850, querían limitar a los estados sureños el uso de la esclavitud. No obstante, el cambio climático no es cuestión de opiniones e intereses, sino de una verdad científicamente verificada.

¿Pero qué es lo que dice la ley? La ley es bastante explícita. Si un congresista testifica ante un comité o si presenta a un experto para que ofrezca su testimonio, y tal testimonio sugiere que el cambio climático es una ficción o que no es una amenaza sería, dicho acto no es la expresión de la perspectiva conservadora, sino la presentación de un falso testimonio. De acuerdo con la ley, esa clase de acción es un delito. Como mínimo, el congresista debería ser obligado a renunciar a su cargo y debería pasar un tiempo en prisión. Un experto que presente tales evidencias falsas debería enfrentar cargos semejantes.

No obstante, no hay un sólo demócrata que tenga los pantalones para presentar esos cargos perfectamente legales y lógicos en contra de los congresistas y peritos que participan en tan groseras actividades criminales en el Capitolio. No es excusa el que estas prácticas criminales hayan perdurado a lo largo de las décadas, así como tampoco era excusa para la inmoralidad de la esclavitud que se hubiera practicado durante cientos de años.

Si ninguno de los abogados, cabilderos, consultores y empleados del Congreso está dispuesto a ponerse en papel de representar a la ley y a la moral, el pueblo se debe rebelar, exigiendo que tales actividades criminales sean castigadas y sus perpetradores sean prescritos. Si un número suficiente de personas protesta, entonces los políticos sentirán la presión y cambiarán su comportamiento.

Hay quien dice que la línea dura sería lo mismo que pedir que cientos de congresistas y miles de funcionarios y cabilderos renunciaran a sus cargos y fueran a la cárcel por sus acciones. Yo digo que, si queremos sobrevivir como especie, no debemos rehuir tal escenario. Debemos estar prestos para aceptarlo.

Igualmente, si nos enteramos de que todos los miembros del Congreso participan en actos criminales de uno u otro nivel, no solamente es nuestro derecho, sino nuestra obligación moral, exigir la renuncia de todos ellos, y que se nos permita celebrar elecciones que estén libres de la interferencia de las organizaciones vinculadas con los intereses inmorales de la industria de los combustibles fósiles.

Es práctica comúnmente que los congresistas acepten contribuciones de las empresas y bancos de inversión que promueven los combustibles fósiles. No obstante, durante los últimos 70 años la promoción de dichos combustibles, que a menudo cuentan con subsidios federales para refinerías y autopistas, ha sido una conspiración criminal desde el comienzo, y no un proceso democrático donde esté representada la voluntad del pueblo. Se han tomado una serie de decisiones políticas que es preciso reconocer como actos criminales. Entre estas acciones, está la compra y destrucción del transporte público por parte de General Motors, Standard Oil y Phillips Petroleum (que lo hicieron a través de empresas fachada), para así obligarnos a usar ese peligroso compuesto químico llamado gasolina. Está también la restructuración de las fuerzas armadas de EU, que se hicieron totalmente dependientes del petróleo y cuya función principal es resguardar el suministro de petróleo.

Ahora sabemos que, por lo menos desde la década de los 1980, si no es que antes, las grandes empresas petroleras como Exxon y Shell estaban plenamente conscientes del calentamiento global y del peligroso impacto de su tóxico producto en el medio ambiente. Sin embargo, ocultaron los resultados científicos y contrataron expertos y empresas de relaciones públicas, para presentar al público, mediante anuncios comerciales y el cabildeo, información deshonesta y engañosa disfrazada de investigación académica. Conocían plenamente la magnitud de la amenaza. ¿Y qué acaso lo mejor que podemos hacer es refunfuñar contra el egoísmo de las empresas y pedir a los ciudadanos, que ya de por sí están cortos de dinero, que hagan contribuciones al Partido Demócrata en vista de las próximas elecciones?

Cada quien debe preguntarse lo que sucedería si vendiera un producto extremadamente dañino para el medio ambiente y que podría matar a miles, si no es que a millones de personas en todo el mundo, y que puede conducir a la muerte de miles de millones debido al calentamiento global. ¿Qué pasaría si, desde 1980, supieran que el producto que venden es peligroso y hubieran ocultado la información? ¿Si hubieran echado mando de su dinero sucio para sobornar políticos y patrocinar a falsos expertos científicos para que mintieran ante el Congreso, con el fin de defender sus actividades ilegales?

Tu suerte estaría echada. Te meterían en la cárcel acusado de conspiración y todos tus activos serían confiscados. La ley te obligaría a pagar los daños y perjuicios causados por tu actividad y reparar los daños causados, que rebasan por mucho el valor de los activos que poseías.

¿Y qué vamos a hacer entonces con las empresas de combustibles fósiles que incurrieron precisamente en esa clase de conducta? ¿Qué vamos a hacer con los bancos de inversión y otras instituciones financieras, que los apoyaron a pesar de las abrumadoras pruebas científicas que demostraban cuán peligroso era el producto que vendían? La situación es idéntica.

Los ciudadanos debemos exigir que las empresas sean tratadas como organizaciones criminales y que se les prive del derecho de usar sus fondos malhabidos para defenderse. Los responsables deben ir a la cárcel de inmediato y se les debe juzgar por los crímenes cometidos a lo largo de cuatro décadas. Los políticos y cabilderos que les ayudaron deben estar sujetos al mismo trato.

Los activos de empresas como Exxon y Koch Industries, así como de los individuos que son dueños de empresas como ésas, deben ser confiscados en su totalidad, con el fin de remediar los daños y compensar a las víctimas del mundo entero.

No hay que ponerse a averiguar con cuánto dinero las empresas de combustibles fósiles contribuyen a la elección de candidatos “conservadores”, ni cuánto más pueden esforzarse los “progresistas” para ganar las elecciones en un ambiente político inequitativo. Una vez que hayan sido confiscados los activos de las empresas de combustibles fósiles, todos los cabilderos y expertos que colaboraron con las campañas criminales de esas empresas deben quedar excluidos de la participación en la política (como sucedió con los antiguos líderes confederados durante la Reconstrucción). Así estaremos en posición de determinar cuál es la política apropiada para responder al cambio climático, con base en el consenso científico y de acuerdo con la Constitución.

Tenemos el derecho y la obligación de exigir que se impida a los políticos que han sido comprados por las empresas de combustibles fósiles, o por bancos y multimillonarios vinculados con estas empresas, presentar testimonio ante el Congreso y participar en el proceso político. Lo mismo cabe afirmar por los investigadores, profesores, abogados, cabilderos y otras figuras públicas que han tomado parte en este fraude descomunal.

El debate político se debe basar en los hallazgos imparciales de la ciencia, no en meras opiniones. Hemos permitido que las empresas sean tratadas como personas y, nada más porque hay mucho dinero que los respalda, hemos permitido que argumentos fraudulentos en torno al cambio climático sean tratados como si fueran dignos de atención. Es momento de acabar con eso.

Podemos hacer todavía más. Podemos acusar a la publicidad entera, por engañar a los estadunidenses en cuanto a los peligros de la sociedad industrial, en particular en cuanto a coches, aviones y al uso de carbón y gas natural en la vida cotidiana. Debemos exigir una discusión sincera acerca de los peligros de la producción industrial. Mientras los medios sigan alimentando a los ciudadanos con información truqueada y distorsionada, estos no podrán tomar decisiones objetivas, con lo cual la política democrática se vuelve imposible.

Debemos exigir que las investigaciones académicas (y periodísticas) se financien por medio de fondos gubernamentales provenientes de los impuestos. Asimismo, se deben eliminar del debate ciudadano sobre las políticas del gobierno aquellas “investigaciones” interesadas que persiguen su propia agenda. Esto es fundamental para responder ante el cambio climático.

Enfrentar las falsas ideologías del libre comercio y la seguridad militar

Si hemos de lanzar una campaña nacional para enfrentar estas terribles verdades, tendremos que hacer frente a dos grandes monstruos en torno a los cuales los políticos caminan de puntitas: el libre comercio y la seguridad militar.

Ambos partidos se han abrazado al mito de que el intercambio internacional de bienes y servicios es benéfico para los ciudadanos de EU y del mundo y de que el comercio debe aumentar para que podamos prosperar. La mayoría de los intelectuales de EU también han apoyado este mito desde la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, la descomunal promoción del comercio no solamente significa que las empresas pueden instalar fábricas en otros países, amenazando a los trabajadores y a sus comunidades con cerrar las fábricas locales, con el fin de obtener subsidios gubernamentales. También significa que las empresas pueden ofrecer a los americanos productos hechos en el extranjero que ocultan el horrible impacto que su producción tiene el ambiente local y en el clima que compartimos. Cada caja de unicel, cada suéter de nailon, cada juguete de plástico no solamente envenena nuestros ríos, suelos y océanos al ser desechados, sino que hicieron tremendo daño al planeta cuando fueron fabricados, aunque no nos dimos cuenta de ese daño, porque la manufactura sucedió en la India o Tailandia.

El libre comercio se apoderó de nuestra economía y nos obliga a comprar productos que se hicieron muy lejos y que para llegar hasta nosotros consumieron tremendas cantidades de combustibles fósiles. La contaminación creada en la manufactura de productos desechables tiene exactamente el mismo impacto sobre el clima que si se hubieran producido en fábricas de Kansas o Mississippi. Más aún, el transporte de mercancías a través de miles de kilómetros de océano produce emisiones muy considerables.

Más aún, casi todos los medios alternativos aceptan que hay graves fallas en los sistemas de medición de la economía, como el PIB (producto interno bruto), el “consumo”, el “crecimiento” o el “desarrollo”. Los intelectuales rara vez mencionan el hecho de que estas medidas pasan por alto el impacto de las políticas y las prácticas económicas sobre la ecología, la sociedad y la cultura, y que no toman en consideración la degradación de largo plazo de suelos, agua y aire. Aunque se han propuesto algunos sistemas de medida alternativos, rara vez se les discute y mucho menos se les adopta.

Las fuerzas armadas se han convertido en una parte descomunal de la economía doméstica de EU y están vinculadas en todos los niveles de exploración, producción y consumo de combustibles fósiles. Las fuerzas armadas con grandes contaminadores y contribuyen mucho más que numerosos países al cambio climático.

Las fuerzas armadas de EU están enormemente dispersas, con cientos de bases alrededor del mundo. Muy a menudo, su principal función es la extracción de combustibles fósiles y otros minerales, para movilizar una economía de consumo que está destruyendo al planeta. Fuerzas armadas de esa clase no tienen nada que ver con “defensa” o “seguridad”.

Estados Unidos no podrá adoptar una política seria en cuanto al cambio climático sin hacer cambios revolucionarios en el papel de las fuerzas armadas. El cambio debe cimentarse sobre una nueva definición de seguridad, en la cual la mitigación del cambio climático sea la mayor preocupación. Aunque n cambio como ése no será fácil, en teoría es posible lograrlo y, dada la magnitud de la crisis, es fundamental que así sea.

Irónicamente, aunque dejemos las armas, será preciso contar con valor y disciplina de soldados para enfrentar a los poderes de los combustibles fósiles. Con imaginación inspirada y coraje acerado, desde adentro y desde afuera podremos transformar el papel y la naturaleza de las fuerzas armadas, para que se concentren únicamente en el cambio climático.

A fin de cuentas, el Departamento de Defensa deberá convertirse en el “Departamento de la Seguridad Humana” en incluso en el “Departamento del Cambio Climático”. El lucrativo gasto en armamento innecesario se eliminará de acuerdo a un plan cuidadosamente elaborado. Si esto se logrará por una transformación institucional o por desmantelar por completo el sistema existente para erigir uno completamente nuevo, será algo que se decidirá a lo largo del proceso.

Las predicciones científicas sobre el desenvolvimiento del cambio climático sugieren que no quedará dinero para aviones caza, para portaaviones e incluso para autopistas y estadios. Debemos aplicar la mayor parte de los recursos a sobrevivir al cambio climático.

Es triste, pero en EU está teniendo lugar una revolución que sucede en los lugares equivocados. El gobierno está pasando por cambios revolucionarios, conforme el gobierno de Trump despoja a las secretarías de sus expertos, castigando a aquellos que tienen sentido de la responsabilidad, y se apura a privatizar funciones, de manera que el gobierno sirva tan sólo para incrementar la riqueza de las élites, dejando de servir a los ciudadanos.

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